Los campos españoles se cubren estos días de vistosas flores blancas, rojas y amarillas

Símbolo de la fugacidad, en estos días las amapolas silvestres (Papaver rhoeas) salpican con su arrebatadora belleza los campos de la meseta norte, un océano verde y ondulante de cereal que contradice esa imagen de árida llanura, triste y melancólica con la que a menudo se asocian los paisajes castellanos. Un espectáculo tan bello como efímero: sus cuatro frágiles pétalos de rojo escarlata y forma acampanada se marchitarán en un abrir y cerrar de ojos en cuanto asome el verano, que dejará paso en julio al aroma púrpura del espliego y la lavanda (el 19 y 20 de julio, Brihuega celebrará su octavo Festival de la Lavanda) y en agosto al amarillo luminoso de los girasoles.